miércoles, 3 de agosto de 2011

Porcentaje.

El bip, bip, bip del monitor le empezaba a taladrar los oídos de una manera constante mientras intentaba ver el gráfico, pero la enfermera lo había colocado en una posición en el que la era imposible. Bip, bip, bip, bip….el sonido se aceleró en el momento en el que le venía una contracción. La mano de su marido apretó, mientras intentaba acompañarla con la respiración.
-Sopla, sopla, sopla….
Frunció los labios intentando imaginar una vela encendida que tenía que apagar. El dolor remitió lentamente.
La puerta de la habitación se abrió, dejando paso a la matrona, una mujer joven y sonriente.
-          ¿Qué tal vamos? – preguntó.
-          Bueno…-contestó ella con voz cansada- vamos que no es poco.
La matrona levantó la sábana  e introdujo la mano entre las piernas.
-          Bueno, esto no va mal, creo que vamos a poner ya la epidural- anunció al mismo tiempo que salía de la habitación.
Coincidiendo con su salida, le vino otra contracción. Se aferró esta vez al brazo de su marido, y notó que le clavaba las uñas. Él contrajo un poco la cara, mostrando dolor, pero no dijo nada.
La puerta se volvió a abrir. Esta vez  era el anestesista. Hábilmente maniobró, buscando el espacio entre las vértebras y clavó la aguja. Ella apretó los dientes al notar un dolor punzante que poco a poco fue reduciéndose a medida que notaba también como las piernas se le dormían.
Se quedaron solos. El sopor fue anidando en ella e imágenes confusas se le mezclaban en la cabeza.
Recordaba cuando, ocho meses antes, le dijeron que estaba embarazada. Fue una sorpresa para todos. Llevaban intentándolo más de cinco años, y ya valoraban la adopción. Una sorpresa para todos, menos para ella, que sabía que podía ser casualidad o no.
Volvió a su mente la noche de marras, en la despedida de soltera de su compañera. Menuda borrachera se cogió. Apenas recordaba mucho, pero lo que no había podido olvidar era al pedazo de tío que se ligó, o la ligó a ella, que no sabía. ¡Dios! A pesar del trance en el que se encontraba en este momento, al recordarlo se le ponían los pelos de punta….
Y justo tres semanas después, supo que estaba embarazada.
Su ginecólogo la explico que muchas veces, cuando ya no existe el estrés de buscar el embarazo, es cuando sucede. Ya, y si…. . Ya sería mala suerte que, después de las veces que se había acostado con su marido, una vez, una sola vez que lo había hecho con otro, zas, pinchara en hueso.Cuestión de porcentaje
Sentía como si flotara. Oyó, un poco lejanamente, la voz de su marido:
-          Cariño, vamos ya al paritorio.
Todo se volvió blanco y luminoso. La cara de su médico asomó por encima de ella:
-          Vamos valiente, esto está chupado- le comentó sonriente.
Los acontecimientos se fueron precipitando en su natural devenir. Piernas sobre estribos, empuja, ahora, ahora, espera a una contracción, ahora no, empuja, ya, ya , mira asoma la cabecita….
Era cuestión de porcentaje, ya no había marcha atrás. Volvió a ver sus ojos negros, profundos, sus dientes blanquísimos al sonreír y su piel oscura, casi azul….
Dio el último empujón. La mano de su marido, sudorosa, se aferró a la suya. Podía sentir los latidos de su corazón a través de los dedos. Levantó la mirada y contempló, horrorizada, como los ojos de él se abrían como platos…. Cuestión de porcentaje, y había perdido.

sábado, 30 de julio de 2011

Primas

Modificando un dicho popular, “a la que Dios no le da hermanas, el Diablo le da primas”. Ya que tuvo que ser el mismo Satanás el que inspiró a su prima a hacer lo que hizo aquel verano del que ya han pasado más de cuarenta años.
Eran uña y carne, o eso decía la gente, aunque en su fuero interno algo había en su prima que a veces le causaba cierto repelús. Quizá su cuidado aspecto, con la trenza que apretaba su cabello rubio y de la que no se escapaba ni un pelo, al contrario que ella, morena y con el pelo encrespado que costaba Dios y ayuda desenredar cada día. O a lo mejor era esa sonrisa beatífica que dirigía a todo el mundo y la esmerada educación que presentaba, impropia de una niña de su edad. En contraste, ella era más bien un poco “chicazo”, simpática y graciosa.
No obstante, repetían todos machaconamente,  eran uña y carne. Tanto, que se lo llegó a creer.
 Ese verano, hace más de cuarenta años, las circunstancias las llevaron a tener que pasar una gran parte del día juntas en la cafetería que habían arrendado como negocio estival su padre y tío respectivo.
Y allí sucedió todo…
La cafetería estaba en el recinto de una piscina, lo que era una gran suerte habida cuenta de las grandes temperaturas  veraniegas. Se cambiaban nada más llegar y dejaban la ropa en una bolsa, en el vestuario del personal.
Un día, cuando fueron a vestirse para volver a casa, sus sandalias, unas blancas nuevas que le habían regalado por su cumpleaños, no estaban. Le preguntó a su prima si sabía donde podían haber ido a parar, pero ella contestó que no. Se volvió loca buscando, arriba y abajo, pero las sandalias no aparecían. Juan, el maitre la consoló diciendo que quizá  las había cogido equivocadamente. Y en esas estaban cuando alguien gritó: “Las encontré”. Inexplicablemente, estaban en la cámara de los helados.
Pocos días después, fue el libro que estaba leyendo, “Mujercitas”, para ser más exactos, el que no encontraba. Su padre la regañó y la tachó de descuidada, aunque ella estaba segura  de que lo había metido en la bolsa con todas las cosas. Y esta vez fue la mujer de la limpieza la que lo encontró dentro de la taza del water.
Todavía le duraba la congoja cuando, ya en el coche de vuelta a casa, su prima le dijo en un susurro:
-          Sé quién ha sido.
-          ¡Lo sabes!
-          Sí, porque le he visto.
-          ¿Quién!
-          Luisito.
Luisito era un chico de unos catorce años que ayudaba en la cocina. No entendía la razón de que lo hubiera hecho, pero esa noche se lo comenté a su padre, quien dijo que  tomaría una decisión al respecto.
Al día siguiente estuvo vigilando al muchacho con el rabillo del ojo, pero sin percatarse de nada raro. Se limitaba a cumplir con su obligación de ayudar en la cocina, para lo que estaba, y sacar la basura. No dio un paso en falso.
Pero cuando se fue a vestir contempló horrorizada como su ropa, toda su ropa había desaparecido. Con los ojos arrasados de lágrimas corrió a donde estaba Luisito y le gritó:
-          ¿Pero que te he hecho yo?
El muchacho, asustado miraba a todos los lados,  como pidiendo ayuda y sin comprender nada.
-          Sí- dijo ella- tú has sido, tú me quitaste las sandalias y el libro y ahora me has quitado la ropa. ¿Dónde está?
Al oír los gritos, acudieron el maitre y su padre. La calmaron e intentaron que se explicara. Una vez oídos los hechos, el maitre se dirigió al un cubo grande, en donde se echaba toda la basura, levantó la tapa y, ante la sorpresa de todos, sacó la ropa.
-¿Cómo sabías donde estaba?- preguntó su padre.
- Por que la vi ponerla- contestó Juan, el maitre, señalando a su prima.
Ésta, con su sonrisa beatífica, su pelo rubio y su exquisita educación, impropia de una niña de nueve años, contestó:
- Demuéstralo….

jueves, 28 de julio de 2011

Ruptura 2.0

Sabía desde hace tiempo que esa relación no la llevaba a ninguna parte. Lo sabía, pero había algo en ese hombre que la atraía como la luz a la polilla.
Ella no era una novata en las lides amorosas, y seguramente podía contabilizar varias muescas en su culata, pero cuando le conoció sintió como si fuera un reto personal conquistarle.
Como una araña tejió a su alrededor una tela de seducción. No fue difícil, pues él era muy sensible a los halagos, sobre todo si venían de parte de una mujer atractiva, y para que negarlo, ella lo era.
No obstante, quedó sorprendida de lo fácil que la resultó. Era como si tocara una sinfonía previamente escrita.  A cada tecla que ella pulsaba, la respuesta era la esperada. Y él cayó en sus redes.
Los primeros tiempos fueron maravillosos, no cabe duda. Eran dos personas maduras, con experiencia e inteligentes, por lo que a la atracción física se sumaba una conexión intelectual que, en ocasiones les llevaba a interminables y eruditas conversaciones, trufadas de caricias y besos.
Pero poco a poco ella fue perdiendo el interés, sobre todo a medida que el de él aumentaba. Quizá era por que ya no había reto o quizá por que la cotidianeidad le presentaba a un hombre como los demás. A ello se sumaba que la situación sentimental de los dos difícilmente vaticinaba un futuro común.
Un buen día se descubrió pensando como deshacerse de él. No quería hacerle daño. Siempre se había portado con ella con consideración y sabía el mal rato que iba a pasar al tener que decirle que todo había terminado. En el fondo le importaba, pero la ilusión de los primeros días se había apagado y el fantasma de la rutina empezaba a tomar cuerpo.
Lo más fácil sería quedar a tomar algo y, cara a cara, decírselo. Pero esa solución ya la había intentado y, sin saber por qué, se encontraba incapaz de sacar el tema aquellas veces que se  lo propuso.
Las llamadas de teléfono le estaban restringidas a causa de la situación familiar de él. Esa era, pensó, otra de las razones para cortar. Siempre había sido ella la que más había dado facilidades, procurando organizarse cada vez que querían verse. Si, ella comprendía que tenía una situación más complicada, pero el que algo quiere, algo le cuesta, se repetía.
En fin, que la ilusión se fue apagando como una brasa bajo la lluvia, y la necesidad de romper esa relación fue haciéndose más grande cada día.
Un sonido familiar la sacó de su ensimismamiento. Miró la barra de estado del ordenador y vio que él había entrado en el chat y le mandaba un mensaje. Las letras blancas se movían sobre el fondo azul, parpadeando. De pronto lo tuvo claro. Abrió la ventana, entró en su perfil y muy lentamente bajó el puntero  hasta el final de la página. Allí, esta vez con los colores inversos, letras azules sobre fondo blanco, aparecía la frase que solucionaría su problema:
Eliminar como amigo
Y muy lentamente, su dedo descendió sobre el botón izquierdo del ratón….