Modificando un dicho popular, “a la que Dios no le da hermanas, el Diablo le da primas”. Ya que tuvo que ser el mismo Satanás el que inspiró a su prima a hacer lo que hizo aquel verano del que ya han pasado más de cuarenta años.
Eran uña y carne, o eso decía la gente, aunque en su fuero interno algo había en su prima que a veces le causaba cierto repelús. Quizá su cuidado aspecto, con la trenza que apretaba su cabello rubio y de la que no se escapaba ni un pelo, al contrario que ella, morena y con el pelo encrespado que costaba Dios y ayuda desenredar cada día. O a lo mejor era esa sonrisa beatífica que dirigía a todo el mundo y la esmerada educación que presentaba, impropia de una niña de su edad. En contraste, ella era más bien un poco “chicazo”, simpática y graciosa.
No obstante, repetían todos machaconamente, eran uña y carne. Tanto, que se lo llegó a creer.
Ese verano, hace más de cuarenta años, las circunstancias las llevaron a tener que pasar una gran parte del día juntas en la cafetería que habían arrendado como negocio estival su padre y tío respectivo.
Y allí sucedió todo…
La cafetería estaba en el recinto de una piscina, lo que era una gran suerte habida cuenta de las grandes temperaturas veraniegas. Se cambiaban nada más llegar y dejaban la ropa en una bolsa, en el vestuario del personal.
Un día, cuando fueron a vestirse para volver a casa, sus sandalias, unas blancas nuevas que le habían regalado por su cumpleaños, no estaban. Le preguntó a su prima si sabía donde podían haber ido a parar, pero ella contestó que no. Se volvió loca buscando, arriba y abajo, pero las sandalias no aparecían. Juan, el maitre la consoló diciendo que quizá las había cogido equivocadamente. Y en esas estaban cuando alguien gritó: “Las encontré”. Inexplicablemente, estaban en la cámara de los helados.
Pocos días después, fue el libro que estaba leyendo, “Mujercitas”, para ser más exactos, el que no encontraba. Su padre la regañó y la tachó de descuidada, aunque ella estaba segura de que lo había metido en la bolsa con todas las cosas. Y esta vez fue la mujer de la limpieza la que lo encontró dentro de la taza del water.
Todavía le duraba la congoja cuando, ya en el coche de vuelta a casa, su prima le dijo en un susurro:
- Sé quién ha sido.
- ¡Lo sabes!
- Sí, porque le he visto.
- ¿Quién!
- Luisito.
Luisito era un chico de unos catorce años que ayudaba en la cocina. No entendía la razón de que lo hubiera hecho, pero esa noche se lo comenté a su padre, quien dijo que tomaría una decisión al respecto.
Al día siguiente estuvo vigilando al muchacho con el rabillo del ojo, pero sin percatarse de nada raro. Se limitaba a cumplir con su obligación de ayudar en la cocina, para lo que estaba, y sacar la basura. No dio un paso en falso.
Pero cuando se fue a vestir contempló horrorizada como su ropa, toda su ropa había desaparecido. Con los ojos arrasados de lágrimas corrió a donde estaba Luisito y le gritó:
- ¿Pero que te he hecho yo?
El muchacho, asustado miraba a todos los lados, como pidiendo ayuda y sin comprender nada.
- Sí- dijo ella- tú has sido, tú me quitaste las sandalias y el libro y ahora me has quitado la ropa. ¿Dónde está?
Al oír los gritos, acudieron el maitre y su padre. La calmaron e intentaron que se explicara. Una vez oídos los hechos, el maitre se dirigió al un cubo grande, en donde se echaba toda la basura, levantó la tapa y, ante la sorpresa de todos, sacó la ropa.
-¿Cómo sabías donde estaba?- preguntó su padre.
- Por que la vi ponerla- contestó Juan, el maitre, señalando a su prima.
Ésta, con su sonrisa beatífica, su pelo rubio y su exquisita educación, impropia de una niña de nueve años, contestó:
- Demuéstralo….
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